Vivir con un perro es, en realidad, acompañar una vida entera que pasa bastante más rápido de lo que nos gustaría. Cada etapa trae cambios, retos y momentos que, si sabemos mirarlos bien, tienen muchísimo valor.
Si acabas de incorporar un cachorro a casa, es muy probable que una de tus primeras preocupaciones sea el descanso: dónde duerme, si se levanta por la noche o si acaba siempre en tu cama o en el sofá.
Cuando un perro muestra una conducta que nos resulta incómoda, lo más habitual es intentar corregirla de inmediato. Sin embargo, la mayoría de estos comportamientos no aparecen por casualidad, sino como resultado de su entorno, su educación y su estado emocional.
A veces creemos que educar a un perro es algo que ocurre solo en momentos específicos: cuando estamos en el parque practicando “sentado”, cuando hacemos una sesión de obediencia o cuando repetimos una orden una y otra vez.
Que tu perro muerda objetos de la casa puede ser frustrante y caro, pero es una conducta muy común y —la buena noticia— habitualmente solucionable si entiendes por qué lo hace y actúas con calma y método.
Cuando cada miembro de la familia actúa por su cuenta, el perro recibe mensajes contradictorios que lo confunden y pueden desencadenar problemas de comportamiento.
Los que viven con dos o más perros saben que la dinámica cambia por completo: lo que funciona con uno puede no funcionar con el otro, y cuando están juntos, su comportamiento cambia por completo.
Al igual que nosotros no hemos sido la misma persona con 10 años que con 20 que con 40, las distintas etapas del perro también juegan un papel importante en cada ciclo.