Antes de regalar un perro conviene reflexionar sobre todo lo que implica incorporar un animal a una familia. Aunque la imagen de un cachorro como regalo puede resultar emocionante y generar una enorme ilusión, la realidad es que un perro supone una responsabilidad diaria que se extenderá durante muchos años. Su bienestar dependerá de las decisiones que tomemos desde el primer momento, incluyendo la elección adecuada del animal, el compromiso de toda la familia y aspectos fundamentales como su educación.
En este punto, un curso de educación canina puede ser una herramienta muy útil para mejorar la convivencia desde el inicio.
La ilusión
Pocas cosas generan tanta emoción como regalar un perro. La imagen de un cachorro apareciendo por sorpresa en un cumpleaños, en Navidad o en una fecha especial parece reunir todos los ingredientes de un regalo perfecto: emoción, cariño y una experiencia que, en teoría, durará toda la vida.
Sin embargo, precisamente porque un perro puede acompañarnos durante buena parte de nuestra vida, la decisión de incorporarlo a una familia debería estar muy lejos de una compra impulsiva o de una sorpresa improvisada.
La ilusión es una emoción pasajera. La responsabilidad, en cambio, permanece durante años.
El problema aparece cuando confundimos ambos conceptos. Cuando pensamos en la felicidad del momento y olvidamos que detrás de ese cachorro hay un ser vivo que necesitará atención diaria, cuidados veterinarios, educación, tiempo y recursos económicos durante más de una década.
Antes de regalar un perro conviene hacerse una pregunta muy sencilla: ¿estamos pensando en la felicidad de la persona o en el bienestar futuro del animal?

La decisión
Muchos perros se regalan con la mejor intención del mundo.
Alguien enviuda y pensamos que un perro le ayudará a superar la soledad. Un abuelo pasa demasiado tiempo solo en casa y creemos que necesita compañía. Un niño lleva meses pidiendo una mascota. Incluso hay quien considera que un perro puede ayudar a una persona a combatir la tristeza o a afrontar una etapa complicada.
Aunque los perros pueden aportar compañía, afecto y beneficios emocionales demostrados, no son una terapia universal ni una solución automática para los problemas de las personas.
Además, existe una cuestión que a menudo olvidamos: la persona que recibe el perro puede no haber tomado esa decisión.
Aceptar un regalo de estas características genera una presión emocional importante. Muchas personas no se sienten capaces de rechazar un animal aunque sepan que no disponen del tiempo, la energía o los recursos necesarios para atenderlo correctamente.
Lo que comenzó como un gesto de cariño puede convertirse en una carga no deseada para quien lo recibe y en una situación complicada para el propio perro.
El perro equivocado
Incluso cuando existe buena voluntad por parte de todos, aparece otro problema muy frecuente: elegir el perro equivocado.
Demasiadas veces la elección se realiza por estética, por moda o porque una determinada raza nos parece especialmente bonita. Sin embargo, la convivencia con un perro no depende de su aspecto físico, sino de sus características individuales y de su compatibilidad con el estilo de vida de la familia.
No necesita el mismo perro una persona deportista que una persona mayor. Tampoco una familia con experiencia canina que alguien que convive con un perro por primera vez.
A esto hay que añadir un aspecto que pocas veces se menciona: las líneas de sangre.
Dentro de una misma raza pueden existir diferencias enormes entre perros seleccionados para trabajo, deporte o compañía. Un ejemplar procedente de líneas muy activas puede resultar totalmente inadecuado para una familia tranquila, independientemente de que pertenezca a una raza considerada apta para la vida familiar.
Cuando las necesidades del perro y las capacidades de la familia no encajan, aparecen frustraciones, problemas de comportamiento y conflictos que terminan deteriorando la convivencia.
En este punto, la formación previa a través de un curso de educación canina puede ayudar a entender mejor qué tipo de perro encaja con cada situación y a prevenir muchos errores.

La falsa solución
Durante años se ha defendido que la adopción es la respuesta al abandono. Y en gran medida lo es. Miles de perros encuentran cada año una segunda oportunidad gracias al trabajo de protectoras y asociaciones.
Sin embargo, adoptar no garantiza por sí solo una convivencia exitosa.
La clave no está en el origen del perro, sino en la responsabilidad de quien lo incorpora a su vida.
Un perro adoptado por impulso puede terminar tan desatendido como uno comprado sin reflexión previa. De hecho, algunas devoluciones a protectoras se producen precisamente porque las expectativas creadas no coinciden con la realidad del animal.
Además, la enorme demanda existente en determinados momentos ha favorecido la aparición de prácticas poco éticas e incluso mercados paralelos que utilizan el discurso de la adopción para mover animales sin los controles adecuados.
El problema del abandono no se resuelve únicamente colocando perros en hogares.
Quince años
Cuando regalamos un perro estamos regalando algo más que un animal. Estamos regalando un compromiso que puede extenderse durante quince años o más.
Eso significa asumir gastos veterinarios, alimentación, educación, identificación, seguros en algunas comunidades autónomas y todos los imprevistos que puedan surgir a lo largo de su vida.
También significa dedicar tiempo.
Hay que pasearlo cuando hace frío, cuando llueve y cuando no tenemos ganas. Hay que atenderlo durante los fines de semana, los festivos y las vacaciones. Hay que reorganizar viajes, horarios y rutinas para garantizar su bienestar.
Un perro no funciona como un juguete que se guarda cuando deja de interesar ni como una videoconsola que puede apagarse hasta el día siguiente.
Sus necesidades son permanentes.
Por eso, antes de pensar en regalar uno, deberíamos analizar con honestidad qué vida va a tener ese animal. No sólo durante los primeros meses, sino durante toda su existencia.

Pensar antes de regalar
España sigue registrando cada año cifras preocupantes de abandono animal. Más de 170.000 perros llegan anualmente a protectoras y centros de recogida, una realidad que demuestra que todavía existen demasiadas decisiones tomadas sin la reflexión necesaria.
Aunque no existen estadísticas oficiales precisas sobre cuántos perros regalados terminan siendo abandonados, diferentes campañas de sensibilización llevan años alertando de que una parte significativa de ellos acaba perdiendo su hogar una vez desaparece el entusiasmo inicial.
En muchos casos, el abandono comienza mucho antes de que el perro llegue a una protectora.
Comienza cuando alguien decide por otra persona. Cuando se escoge un perro sin valorar si realmente es deseado. Cuando no se estudian las necesidades del animal. Cuando se piensa únicamente en la emoción del momento.
Quizá por eso la mejor manera de regalar un perro sea no regalarlo.
Lo responsable es acompañar a quien desea convivir con uno, ayudarle a informarse, valorar opciones y permitir que sea él quien tome la decisión. También es recomendable apoyarse en formación o en un curso de educación canina para asumir el compromiso con mayor preparación.
Porque un perro no necesita convertirse en una sorpresa.
Necesita convertirse en una elección consciente.
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