Adoptar un perro es uno de los gestos más generosos que puede hacer una persona, pero también uno de los más complejos. Detrás de cada mirada que encuentras en un refugio hay una historia que rara vez empieza bien. Por eso, entender qué implica realmente adoptar —y cómo podemos mejorar la vida de estos animales más allá de llevarlos a casa— es clave para reducir el abandono y construir una convivencia equilibrada y responsable.

Panorama general

Durante las últimas décadas, el mundo canino ha experimentado una notable transformación en su relación con los humanos. En muchos países europeos y latinoamericanos, el porcentaje de perros adoptados ha crecido de manera constante, impulsado por campañas de concienciación y el trabajo de miles de protectoras. Sin embargo, este crecimiento no ha logrado frenar el abandono.
Según datos de la Fundación Affinity y de distintas asociaciones protectoras, en España se recogen cada año más de 280.000 animales abandonados, de los cuales más del 50% son perros. Si bien las adopciones aumentan, el número de abandonos sigue una tendencia paralela. Es decir, por cada perro que encuentra un hogar, otro es dejado atrás. Esto demuestra que, aunque la adopción es una acción solidaria, no es la solución.

 

Adoptar no basta

En los últimos años, la cultura de la adopción ha ganado un espacio valioso en la sociedad. Las redes sociales y la labor de las asociaciones han hecho visibles miles de historias con final feliz. Sin embargo, a pesar del incremento en las adopciones, los refugios continúan desbordados.
El error está en pensar que adoptar es la solución definitiva al problema del abandono. Adoptar salva vidas, sí, pero no previene que otras nuevas sean abandonadas. Las causas profundas —crianza irresponsable, mercado negro, compras impulsivas, falta de formación y educación canina (algo que podría resolverse en muchos casos con un buen curso de educación canina) y escaso control sobre la cría ilegal— siguen activas. En muchos casos, las adopciones funcionan como una válvula de escape temporal para un sistema que no deja de generar víctimas. Sin políticas públicas firmes y educación ciudadana constante, los refugios seguirán llenándose al mismo ritmo que se vacían.

Perros adoptados: problemas y soluciones

Imprinting

Uno de los mayores retos que enfrentan los perros adoptados es la falta de socialización adecuada durante sus primeros meses de vida. El periodo conocido como “imprinting” —sus primeros días, semanas, meses de vida— es crucial para el desarrollo emocional y social del perro. Si durante esta etapa el cachorro no tiene contacto naturalizado con humanos, otros perros y estímulos del entorno, puede desarrollar miedos o reacciones agresivas.
Muchos perros recogidos de la calle o criados en condiciones de aislamiento no vivieron esa etapa de forma saludable. Por eso, al llegar a sus nuevos hogares adoptivos, presentan dificultades para relacionarse, adaptarse o confiar. Este tipo de problema no es culpa del perro, sino de la falta de experiencias adecuadas en su desarrollo temprano. Requieren intervención técnica, constancia y paciencia.

Secuelas

Los perros adoptados suelen cargar consigo una historia marcada por el abandono, el maltrato o la negligencia. En consecuencia, muchos presentan secuelas físicas —fracturas mal curadas, desnutrición, enfermedades no tratadas— y, sobre todo, heridas emocionales.
El trauma de haber sido abandonados o maltratados deja huellas profundas: miedo al contacto, ansiedad por separación, reacciones defensivas ante determinados estímulos o una necesidad excesiva de atención. Estas taras emocionales no desaparecen de un día para otro. Requieren comprensión, paciencia y un proceso de adaptación que puede ser largo. Adoptar implica asumir ese compromiso emocional y económico, entendiendo que cada perro necesita un tipo de rehabilitación distinta.

Perros adoptados: problemas y soluciones

Desconocimiento

A diferencia de los perros adquiridos mediante criadores responsables, los perros adoptados suelen llegar sin historial médico ni conocimiento de su genética. No se han realizado pruebas de displasia, enfermedades hereditarias o análisis estructurales. Esto implica que, a medio o largo plazo, pueden aparecer problemas de salud imprevistos.
Aunque este riesgo no debería desincentivar la adopción, sí debería servir de advertencia para los futuros adoptantes: la decisión de adoptar debe ir acompañada de revisiones veterinarias exhaustivas y de un compromiso de cuidado integral. La salud del perro adoptado puede ser más incierta, pero no menos digna de atención.

Mercado negro

En paralelo al movimiento altruista de adopción, ha surgido un fenómeno preocupante: el mercado negro de perros “adoptables”. Algunas supuestas protectoras o intermediarios sin escrúpulos aprovechan la buena voluntad de los adoptantes para lucrarse. Cobran tarifas desproporcionadas bajo la excusa de “donaciones” o crían o importan perros desde otros países con fines comerciales.
Este negocio encubierto distorsiona el sentido real de la adopción y, en muchos casos, pone en riesgo la salud y el bienestar de los animales transportados. Por eso, es fundamental investigar la procedencia de cualquier perro adoptado y asegurarse de que la entidad gestora sea legal, transparente y ética.

Devoluciones

Un problema silencioso, pero frecuente, es el de las devoluciones. Algunos perros adoptados terminan regresando al refugio semanas o meses después de llegar a su nuevo hogar. Las causas son variadas: comportamientos difíciles, falta de adaptación, expectativas poco realistas o incompatibilidad con el estilo de vida del adoptante.
Estas devoluciones agravan el estrés emocional de los animales y saturan aún más los refugios. Por eso, antes de adoptar, es esencial realizar un proceso de valoración mutua. No se trata solo de querer salvar a un perro, sino de poder ofrecerle estabilidad y comprensión a largo plazo.

Reflexión final

La adopción es un acto de amor y responsabilidad, pero también un desafío. No basta con abrir la puerta de casa: hay que abrir la mente y el corazón. Adoptar no es una moda ni una forma de aliviar la culpa colectiva por el abandono. Es un compromiso ético con la vida de un ser que, a pesar de sus heridas, puede aprender de nuevo a confiar.
Solo cuando la sociedad aborde las raíces del abandono —educación, cría responsable y tenencia consciente, delitos por mala praxis—, la adopción dejará de ser una solución de emergencia y se convertirá en una verdadera oportunidad de cambio.

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