Tener un perro es vivir con cariño, confianza y momentos de complicidad que no se comparan con nada. Y, aunque eso sea maravilloso, también tiene un efecto curioso: a veces nos hace relajarnos sin darnos cuenta.

Porque, cuando ya llevas tiempo con tu perro, te empiezas a decir cosas como:
“es muy obediente”, “nunca se ha escapado”, “siempre está pendiente de mí”.

Y lo más normal del mundo es que acabes pensando que lo tienes todo controlado.

Pero la realidad es un poco más incómoda: siempre existe un riesgo. Y cuando hablamos de su seguridad, ignorarlo no es una opción.

Por eso existe una filosofía que suena rara, pero tiene mucho sentido: apostar a perder. Es decir, asumir que algo podría salir mal… y actuar antes de que pase.

La falsa seguridad: “Yo controlo a mi perro”

Muchos guías confían ciegamente en la obediencia de su perro. Lo sueltan en la calle, lo dejan libre cerca del tráfico o pasean sin correa porque creen que:

  • no se aleja
  • responde al llamado
  • es muy tranquilo

Y, en parte, puede que tengan razón… hasta que dejan de tenerla.

Porque los perros no son máquinas. Son seres vivos, con instintos, emociones y reacciones. Y en un segundo, un estímulo inesperado puede hacer que ese perro “tan controlado” cruce una calle, salga corriendo o reaccione de forma imprevisible.

No es falta de educación, ni falta de vínculo. Es simplemente realidad.

Perros siempre con correa

Lo impresivisible

Un ruido fuerte, una moto acelerando, un petardo, un niño que grita, una bolsa de plástico movida por el viento… da igual cuál sea el detonante. Cualquier cosa puede activar miedo, curiosidad o huida.

Y en esos momentos, la diferencia entre llevar correa o no puede ser la diferencia entre un susto y una tragedia.

Piensa en esto: tu perro caminando suelto al lado de la acera, y un sobresalto lo empuja al asfalto justo cuando pasa un coche. ¿De verdad vale la pena arriesgar una vida por la comodidad de no usar correa?

La ciudad no es su entorno

Nuestros perros viven en un mundo que no fue diseñado para ellos. Tráfico, ruidos, bicicletas, patinetes, gente corriendo… Para nosotros es rutina, pero para ellos es un entorno lleno de peligros.

Decir “nunca ha pasado nada” no significa que no pueda pasar. En la ciudad, un pequeño error puede tener consecuencias enormes. Y la responsabilidad de prevenirlo recae en nosotros, no en ellos.

Perros siempre con correa

Apostar a perder: Filosofia preventiva

¿Y qué significa realmente apostar a perder?

Significa asumir que, aunque todo parezca controlado, algo puede fallar… y actuar antes de que ocurra.

No se trata de vivir con miedo, sino de practicar la prudencia. Quien apuesta a perder no suelta a su perro en zonas peligrosas, no le deja cruzar calles solo “porque siempre lo ha hecho bien” y no espera a aprender a base de accidentes.

El amor responsable no es permisivo: es protector.

Mi amiga la correa

Hay gente que ve la correa como una restricción de la libertad del perro. Pero si se usa bien, es justo lo contrario: es un seguro de vida.

La correa mantiene un vínculo físico que te permite reaccionar ante lo inesperado. No es una señal de desconfianza hacia el perro, sino de realismo frente al entorno. Porque los impulsos animales y los errores humanos existen, y a veces sus consecuencias no tienen vuelta atrás.

La verdadera libertad solo existe cuando hay seguridad.

Perros siempre con correa

No somos infalibles

Como guías, debemos aceptar algo importante: no podemos preverlo todo. Un perro no siempre obedecerá, no por rebeldía, sino porque siente, percibe y reacciona.

Un despiste mínimo puede ser suficiente. Las cifras ayudan a tomar conciencia sin dramatizar: en Estados Unidos, entre 2001 y 2020, las lesiones relacionadas con paseos de perros se multiplicaron por más de cuatro. En Europa, se estima que una proporción importante de animales implicados en accidentes de tráfico son perros.

No es para asustarse, sino para recordar que la buena intención no evita los accidentes.

Prevenir cuidando

Cuidar a un perro no es solo darle cariño, comida o ejercicio. También es protegerlo de peligros que él no puede evaluar. Y eso implica ser consciente de que no siempre es necesario arriesgar.

Amar a un perro es priorizar su bienestar por encima de nuestra comodidad. Es permitirle disfrutar, sí, pero dentro de límites que lo mantengan a salvo. No confiar en que “nunca pasará nada”, sino actuar como si pudiera pasar… y evitarlo.

Perros siempre con correa

Da el siguiente paso: educar también es proteger

Si este texto te ha hecho reflexionar, es porque sabes que educar a un perro va mucho más allá de que obedezca. Se trata de darle herramientas para moverse con seguridad en un mundo que no siempre es amable con él… y de dártelas a ti también.

En el Curso de Educación Canina de Club Agility Euskadi aprenderás a construir una obediencia real, práctica y consciente, basada en la comunicación, la prevención y el respeto. No para presumir de control, sino para reducir riesgos y cuidar de tu perro como merece.

Porque la mejor correa es la que va acompañada de criterio, conocimiento y responsabilidad.

Conclusión

Piensa por un momento en la mirada de tu perro cuando te busca con confianza. Imagina que, por un segundo de relajación, esa mirada se pierde entre el ruido del tráfico y un impulso que no puede controlar. No es una idea catastrofista: es una posibilidad real. Y precisamente por eso vale la pena apostar a perder.

Elegir la correa, el entorno adecuado y la rutina segura no es exagerar: es cuidar.

Amar a un perro no es solo compartir momentos felices. Es ser su escudo cuando él no tiene uno. Es entender que su obediencia puede ser excelente, pero su instinto siempre estará ahí. Y que nuestra responsabilidad no disminuye cuando confiamos en él; empieza justo en ese punto.

El día que tu perro ya no esté contigo querrás decirte:

“Te cuidé como merecías.”

Eva y Zeus
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